Cuásar solitario

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

César Vallejo, Intensidad y Altura

cuásar. Cuerpo celeste de pequeño diámetro y gran luminosidad, que emite grandes cantidades de radiación en todas las frecuencias y es el tipo de astro más alejado en el universo. (DLE, RAE)

Estaba encerrado en su cuarto. Quería gritar, alzar la voz para decir con vehemencia y repugnancia:”¡Yo soy un genio! ¡Yo soy un puto genio, joder! ¿Quién no ha de saberlo? ¡Soy un genio!”

Era un adolescente con todas las ganas de comerse al mundo, y poder usar el arte para manifestar sus ideas, sus extrañas pero asombrosas historias llenas de sensaciones enajenantes y desarrolllos sorpresivos, con el único problema de no saber cómo hacerlo. Sentía la boca llena de flores, de fuegos artificiales, a punto de salir para el deleite. Era un dragón, un creador, una deidad… con un único creyente, el cual, a veces, era peligrosamente dubitativo. Entonces no tenía sentido ser un dios sin seguidores. Y deducía: todo su arte no era más que pura ilusión, pura mentira. En consecuencia observaba su propia complejidad para salir de la caótica posición de menos que nada en la que había reparado para su existencia. Es cuestión de tiempo, pensaba, abriendo los ojos y deseando otra vez ser el dueño de todo, ser alguien, de ser simplemente, tener fe en la trascendencia pese a su cualidad de materia, de masa. Es cuestión de tiempo. “Ahora nadie me estira la mano; nadie me tiene la suficiente fe, el suficiente afecto, a la altura de mi capacidad y mi genio. Algún día, sin embargo, se darán cuenta de su error, del exceso de cuidado, de su ceguera.  Yo les haré comprender su error garrafal, su desatino.” Y volvía por ende a su cima imaginada, laureándose, donde tenía trono, cetro y corona, o mascaipacha, cuando se ponía reivindicativo, mientras pensaba en su continuación por sí misma, sin reparar en su obra, la cual sería lo importante para aquello que tanto deseaba.

Se diría que pegaba de altivo, de narcisista, pero el muchacho encerrado en el minúsculo cuarto hacía tantas observaciones, daba tantas vueltas sobre sí mismo, alabábase como modo de ocultar, de acallar, sus recurrentes inseguridades, su poco cariño, el cual llenaba entonces a chorros, como queriendo dar cuenta de que no tenía por qué tener sed, ahogándose en un mar solo para él, suyo, propio, a la altura de aquella imaginada inmensidad correspondida. Era fuerte, como una roca, endurecido como por droga, insondable, de acero, de oro, impasible e insuperable. Era la estrella que esperaba brillar por siempre, que esperaba iluminar todo, de compartir su luz, así, como riéndose del tiempo y de la muerte, estable y valiente, eterno al quedar registrado en la boca, ojos y cerebro de la gente, y así, tener algo de inmortal.

Sin embargo, se mueve.

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