La hija de Marcial

La primera obra teatral de Héctor Gálvez no termina cuando se apagan las luces –acertadamente ralas– y el reparto se coloca en la oscuridad en fila para recibir el aplauso del público. La obra La hija de Marcial deja en el aire un aroma cargado que se respira aún tras salir de la sala. La historia tal cual parece ser una excusa para abrir puertas, de golpe u odiosamente lentas y chirriantes; una excusa para dar paso a interrogantes y cuestiones originadas en cada espectador. Porque, más que un buen rato en el teatro, nos llevamos a casa una historia para desmenuzar, para contrastar con relatos personales, dolores propios o soslayos demasiado tiempo cargados a cuestas.

En ese sentido La hija de Marcial presenta líneas convergentes con la última película de Gálvez, la muy lograda NN: Sin identidad, tanto a nivel diegético –la historia y el universo en que se enmarca– como en el discursivo –los recursos mostrativos que el equipo lleva a cabo–. Se tratan de medios distintos, efectivamente, pero se puede notar la misma sensibilidad latiendo en el interior de ambas obras, la preocupación de un autor que sabe qué terrenos transitar.

No estamos en los años de conflicto, sino en las décadas siguientes, y la protagonista, Juana Solórzano (Kelly Esquerre), de veinte años, debe cargar sobre sus hombros los conflictos que dejaron los actores del terrorismo. Su padre desaparecido ha sido por fin encontrado, de manera fortuita, por Teodolfo (certero Beto Benites), el dueño del terreno en el que estaba enterrado. Hueso y ropas, por estas últimas, en especial una chalina, es reconocido.

Un Gobierno lerdo y burocrático, impersonal y cadavérico, contrasta con las demandas y emociones de Juana, sola en la osadía de exhumar a su padre y enterrarlo donde es debido: el cementerio del pueblo. Lo que al principio parece ser indiferencia y suspicacia de las personas con las que convive, termina por convertirse en molestia y desesperación. Juana tiene que cargar tanto con el pasado turbio de su padre, a quien nunca conoció, las heridas en una madre trastornada y también ausente, la ignorancia de sus familiares, el odio del pueblo y, aún más importante, sus propios conflictos como hija huérfana que ya empezaba a olvidar a la tal etérea figura paterna. El encuentro se concreta al fin: enterrado, inmóvil por meses porque los fiscales no vienen (significativo el hecho de que la misma Juana ponga un cerco de seguridad), en el limbo, en un espacio temporal en el que ya está muerto pero en el que aún no pude “descansar”.

Ese tiempo detenido es compartido con Juana, quien frena su vida para aferrarse a su padre encontrado. Tanto él como ella están estancados el uno en el otro. Los que parecían estar con ella en su persistencia, terminan por desear continuar con su vida. El novio (Gerald Espinoza manejando los matices de su personaje) quiere mejorar en su profesión y parece estar dispuesto a hacerlo sin ella si es necesario. El alcalde (un preciso Julián Vargas) quisiera darle buenas noticias sobre Lima pero es imposible, no puede ayudarle más.

Se presenta entonces una relación bidireccional muy interesante entre el padre y Juana. Por una parte, el padre muerto parece aferrarse a su hija. Juana se recuerda constantemente el deseo que su madre le cedió: solucionar el asunto, encontrar al marido, vivo o muerto. El padre se asemeja a un personaje de la mejor escena de la obra, en la que Juana se encuentra con dos viudas, que a su vez son sus esposos desaparecidos, y que una de ellas la toma del brazo con desesperación. Así también el padre toma a Juana. Llama a su hija, la sujeta. La usa, la necesita para terminar todo.

Por otro lado, Juana se aferra al padre, aquel que nunca tuvo, y con el que quisiera saldar cuentas. Pero, aquí el conflicto, no puede, porque es ausencia. Ausencia y presencia, padre y Juana. Con uno que ya no existe, ¿cómo solucionar los conflictos?

Nuestra protagonista, una muchacha que no alcanza a comprender –no podría por sí sola– los problemas que el terrorismo dejó en su pasado cercano, ve cómo el alrededor es incompetente y hostil. ¿Cómo actuar en ese caso? ¿Cómo curarse heridas reabiertas constantemente?

Gálvez muestra sus aciertos en un manejo de sus recursos partiendo de la austeridad, los relatos paralelos, las elipsis narrativas, y los actores que interpretan momentáneamente otros papeles. La mostración es acertada. Y puede sentirse la conexión con el medio audiovisual. Este tránsito hacia el teatro es un buen inicio, una bienvenida por así decirlo, a un medio que, perfeccionando y controlando mejor sus posibilidades (las escenas de dramatismo cargado pudieron pulirse más) le da cabida para forjar una obra (entiéndase como conjunto) valiosa en la dramaturgia nacional.

Se aplaude al equipo por sumarse a una temática que actualmente llama la atención de muchos: el modo en que las generaciones jóvenes afrontan el pasado de sus sociedades, especialmente el tema del terrorismo, justo ahora en fechas conmemorativas importantes. Esta obra se presta justamente para cavar –exhumar– lo que subterráneamente cimienta el presente. Auscultemos, pues, las entrañas de nuestras sociedades.

 

La obra se presenta actualmente en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico.

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